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domingo, 8 marzo, 2026
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Jaque a los maestros

“Si se priva a los maestros del instrumento fundamental para llevar a cabo esa labor, el desastre está asegurado. Solo devolviéndoles esa autoridad por parte de la administración, de los padres y de los propios alumnos podemos poner fin a la deriva actual”.

Cristina Martínez Martín

A aquellos de nuestros padres que tuvieron la suerte de ir a la escuela les enseñaron que la letra con sangre entra. De hecho, el maestro utilizaba una vara y, cuando el alumno mostraba una actitud díscola, le pegaba un trallazo en la mano extendida para mostrarle quién mandaba allí.

Otro castigo habitual era encerrar al alborotador en el cuarto de los ratones, normalmente el trastero de la escuela o un armario, para que aprendiese a obedecer.
En mis tiempos, esos castigos se suavizaron y de la extrema autoridad se pasó a una relación más cercana. Con la entrada de la democracia en España, esa correlación derivó en una afable amistad.

No obstante, pese a esa cercanía y a esas maneras menos autocráticas, el maestro y, en el instituto, el profesor gozaban de autoridad, y su influencia era innegable en la vida del alumnado.

Es cierto que algunos enseñantes se propasaban en sus atribuciones y se constituían en verdaderos tiranos en sus aulas, o bien no realizaban de forma adecuada su trabajo, pero eran los menos y, además, siempre es posible poner coto a los abusos.
Hoy en día, los maestros han perdido esa autoridad. El sistema los quiere paritarios; ahora bien, ese principio es una falacia. El maestro, por edad y por formación, no tiene los mismos criterios ni la misma experiencia que su alumnado.
De modo que, ante una situación que, no lo dudo, fue dictada con buena intención pero cuyos resultados no pueden ser más negativos, los maestros se repliegan sobre sí mismos y no ejercen la poca autoridad que el sistema educativo les permite. Las consecuencias son nefastas.

En Murcia dicen que “de pequeñico se cría el arbolico”. Es un hecho que la personalidad y el futuro de los jóvenes se forman en los años tempranos. Y también es un hecho que es en los hogares donde se debe educar a los hijos, porque la escuela solo apuntala esa educación, puesto que su objetivo es la formación.

El problema es que los padres de hoy, demasiado ocupados por sus respectivos trabajos, no tienen tiempo, ni energía, ni ganas de educar. Y como los maestros no se atreven a mover ni un dedo por miedo, entre otras cosas, a denuncias y represalias, la juventud campa a sus anchas, sin guía ni consejo, y de ahí al desmadre hay un solo paso.
La juventud necesita y agradece una guía que encauce su camino, y es imprescindible que admire y, sobre todo, respete esa guía. De lo contrario, no seguirá sus consejos ni obedecerá en nada…

Si se priva a los maestros del instrumento fundamental para llevar a cabo esa labor, el desastre está asegurado. Solo devolviéndoles esa autoridad por parte de la administración, de los padres y de los propios alumnos podemos poner fin a la deriva actual.

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