Daniel Ortuño Ibáñez
Ha pasado más de siglo y medio desde que nuestra basílica abriera sus puertas al cada vez mayor número de fieles que abarrotaban la Yecla decimonónica, para calmar sus necesidades espirituales; y también ha pasado más de siglo y medio desde que los planos arquitectónicos de Jerónimo Ros se tradujeran en la hermosa cúpula blanquiazul que todo este tiempo lleva adornando el paisaje yeclano. Es cierto que muchos otros edificios religiosos han echado mano de tejas vidriadas con un patrón de colores similar, pero ninguno, al menos, hasta donde yo conozco, cuenta con una cúpula tan grande y con ese diseño helicoidal tan característico. De la mano de la Iglesia Vieja, la basílica de la Purísima ya formaba parte del imaginario colectivo de la localidad y protagonizaba todas las estampas emblemáticas dedicadas a Yecla; divisarla a lo lejos desde alguna carretera significaba “ya estamos en casa”.

El templo, de un neoclasicismo que llegaba varios años tarde para su época, pese al larguísimo periodo de tiempo que tardó en erigirse, está a medio hacer. La portada quedó sin terminar, está increíblemente deteriorada en gran parte de su exterior, y no tengo recuerdos de la basílica en los que no haya telas azules envueltas en los contrafuertes. Al margen de sus carencias, cumple su función como sede de los principales actos religiosos de la ciudad y como símbolo para la gente tanto de dentro como de fuera. Ahora ese símbolo ha quedado herido de gravedad.
Cualquiera que no viva en una cueva sabrá que el pasado jueves 5 de febrero, a eso de la hora de comer, las rachas de viento soplaban con una fuerza inusitada, pese a que el día se había levantado radiante e incluso algo caluroso. Una de esas rachas penetró de algún modo entre las rendijas del azulejado en el lado este de la cúpula, arrancándolo de cuajo y haciendo que una parte cayese sobre el tejado del propio templo, mientras que otra parte salía despedida en fragmentos hacia la contigua calle San Antonio, donde afortunadamente no hubo que lamentar daños personales.

No entraré aquí en el debate de las responsabilidades políticas o del mantenimiento de la estructura; eso mejor se lo dejo a los expertos. Al igual que los murcianos pasan de largo cuando caminan frente al maravilloso frontispicio de su catedral, o al igual que los florentinos han integrado el gran Duomo en su paisaje diario, los yeclanos también dejamos de sorprendernos ante nuestra cúpula. Manda narices, como ya expresó Martínez-Quintanilla en sus pasadas “Crónicas yeclanas”, que haya tenido que ocurrir una desgracia para que alcemos la vista más a menudo hacia el monumento.
No deja de ser curiosa la manera en la que tan rápido asimilamos nuestro entorno cotidiano, aunque ese entorno esté coronado por algo tan normalito como una pieza de patrimonio de interés cultural. Pero resulta ser igual de rápida la manera en la que fijamos la vista cuando ese mismo patrimonio se ve alterado por alguna calamidad, confirmando ese cliché de “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde” (o hasta que se rompe). Ahora nos descubrimos, a nosotros mismos y al resto de viandantes, deteniéndonos en seco y levantando la cabeza, clavando la mirada en ese desgarrón que ha dejado al descubierto el triste esqueleto desnudo que se escondía tras las escamas; como si creyéramos que, al fijar la vista el tiempo suficiente, se reconstruiría mágicamente. Podemos acostumbrarnos, de nuevo, y convivir con un símbolo herido, o, por el contrario, recordar con cariño el dibujo completo de nuestra querida cúpula bicolor mientras acometemos la agónica espera de su restauración. Que esto sirva de lección (o de advertencia) para apreciar más a menudo aquellas cosas del día a día por las que merece la pena alzar la vista.













