Con el dinero que pagan en impuestos nuestros agricultores se está ayudando al campo de otros países que quieren que nuestro campo desaparezca. ¿Alguien lo entiende?
Antonio Martínez-Quintanilla Puche
Siempre que no queda otra que soportar los inconvenientes que conlleva la lluvia, antes o después escuchamos la consoladora expresión de: “¿Dejemos que llueva, que llueva todo lo que tenga que llover y mucho más, que es muy bueno para el campo!”. Y es que nadie pone en duda que los chubascos, tormentosos o calabobos, son siempre bien venidos para aliviar las expectativas de agricultores y ganaderos. No hay tutía: mientras vengan del campo todos los alimentos que llegan a nuestra mesa, pescados y mariscos aparte, habrá que armarse de paciencia y resignación ante los inconvenientes que acarrean las precipitaciones, entre las molestias que supone para el tráfico y el trastorno de acabar hecho una sopa por la calle. Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva, era la cantinela que de críos estábamos deseando entonar bajo un chaparrón, pisando charcos y poniéndonos perdidos de agua y barro con tal de que todo el mundo nos viera estrenando nuestras botas de agua y nuestro chubasquero. Que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros, continuamos cantando en la rebelde adolescencia. Tiramos los tejos susurrando “Esta tarde vi llover”. Y unos pocos bastantes años después, ya con pelos de todos los colores en la barba, cantamos “Ojala que llueva café en el campo” y “Llueve sobre mojado”. (Punto y aparte). Pero por mucho que les guste a algunos la pejiguera de ir cantando bajo la lluvia y por bienvenidos que sean los beneficios para el campo que conlleven los aguaceros (y aquí cambio a un tono más circunspecto para meterme en harina que, dicho sea de paso, la harina y el trigo también vienen del agro), el campo seguirá padeciendo lo que no está escrito mientras que no lluevan también, y a manta, todas las soluciones que con más razón que un santo exigen los agricultores y que ante la falta de respuestas de nuestros mandamases han vuelto a poner de nuevo el grito en el cielo.

Muy blandas me han parecido las protestas para el poco o ningún caso que les están haciendo los que tendrían que estar partiéndose el pecho, y la cara si fuera necesario, por defenderlos. El campo, a pesar de estar siempre sediento por culpa de la sequía, está ahora más que nunca con el agua hasta el cuello: El recorte del 30% en las ayudas de la PAC mermado la rentabilidad de muchas explotaciones, especialmente pequeñas y medianas. A ello se suma la competencia desleal de otros países que no cumplen ni de lejos las mismas exigencias sanitarias, laborales o medioambientales que se aplican en la Unión Europea. Esta desigualdad está provocando que los agricultores tengan que vender a precios más bajos asumiendo costes mucho más altos. O sea, que yo me aclare: el dinero que pagan en impuestos nuestros agricultores se esté enviando a sostener los campos de otros países que quieren que nuestro campo se vaya a hacer puñetas. ¿Alguien lo entiende? ¡Qué llueva, que llueva, que es muy bueno para el campo! Pero a la vez que el agua los agricultores están esperando que llegue un diluvio de soluciones a sus problemas que nunca llega. Porque, no lo olvidemos, no solo de agua vive el campo.













