La única vida nueva del año nuevo es la que ya ha empezado a vivir detrás de nosotros. La que nos va a continuar. La que nos sobrevivirá.
Antonio M. Quintanilla Puche
Tengo por costumbre acordarme de mis muertos especialmente ahora, a final de año. Es un recuerdo más profundo y sincero que cuando llegan los santos, cumpleaños y aniversarios que ya no celebramos juntos. Será porque esas fechas señaladas parece que son de obligado cumplimiento y nos caen encima como una obligación, como una persiana metálica que dejamos caer de golpe. O será porque en cuanto arrancamos la última hoja del calendario de este año, que está deseando ya marcharse cuanto antes para que pase el siguiente, nos aparecen de repente todas las personas que se nos han ido en estos últimos doce meses y los que se fueron antes de tiempo pero que regresan en estas fechas como el anuncios de vuelve a casa, vuelve por Navidad. A todos se les echa en falta a cada hora, pero sobre todo en estos días de uvas y campanadas se añoran mucho más sus voces que no volveremos a escuchar nunca, salvo en la memoria de nuestros oidos. Son las luces y las sombras de cada Navidad; las ausencias y los abrazos con los que convivimos estos días entre champán, carracas y uvas. Recordar a nuestros seres queridos es algo así como querer rescatar sus palabras, gestos y cariño: una forma de resistencia contra el olvido y de homenaje a la huella que han dejado en nosotros.

Cuando te haces mayor la Navidad pasa de las sonrisas a la melancolía, a la nostalgia, que es lo mismo que decir que no sabemos si estaremos aquí mañana, que la vida va girando constantemente de manera inesperada, recordándonos lo rápido que puede transformarse nuestro estado de ánimo. Todo lo contrario a lo que sentíamos en nuestra infancia, cuando esperábamos la Navidad con los brazos abiertos porque era motivo de reencuentros, de vacaciones, de juegos, de regalos esperados o de sorpresas. Vamos comprendiendo lo que significa aquello de que mi patria es mi infancia: el lugar donde uno se siente más seguro, protegido y auténtico no es un territorio físico, concreto, tangible, sino que es el mundo íntimo de los recuerdos y vivencias de la niñez. Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito, dijo que “la niñez se convierte en un país interior, un lugar al que siempre se regresa en la memoria, donde se forjan valores, afectos y primeras experiencias”. Pero ya no somos niños, eso salta a la vista, y el que no lo vea tiene un problema grande. Por eso estas fechas de uvas, champán y carracas las vivimos ahora como si vaya usted a saber si serán las últimas que nos toca vivir. O las penúltimas. Eso de año nuevo, vida nueva, es un espejismo. Porque la aplastante verdad es que un año nuevo es igual a un año menos. La única vida nueva del año nuevo es la que ya ha empezado a vivir detrás de nosotros. La que nos va a continuar. La que ha salido de nosotros y nos sobrevivirá. Para los que ya llevamos un tiempo vivos y coleando el inicio del año lo contemplamos como una segunda oportunidad para reinventarnos y mirar hacia adelante con más suerte que optimismo. (Dicho lo cual, me despido de ustedes hasta el año que viene. O sea, hasta la próxima semana. Feliz Año Nuevo).













