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LAS CONFESIONES DE DON JOSÉ AUGUSTO TRINIDAD

La única manera que teníamos de recordar Yecla era adentrándonos en los libros que situaban a Yecla como principal escenario

“L as confesiones de un pequeño filósofo”, de José Augusto Trinidad Martí-nez Ruiz, en adelante Azorín, es el libro que más veces he leído en mi vida, aunque la última vez que lo leí de principio a fin fue hace ya años. Después solo he repasado alguno de los capítulos que más recordaba haber leído en mis años mozos. Internet no estaba ni se le esperaba y la única manera de recordar Yecla cuando fuimos yeclanos ausentes era adentrándonos en los libros que situaban a este pueblo como principal escenario.

Teníamos siempre a mano también el programa de las Fiestas de la Virgen que durante muchos años fue la única publicación donde los que tenían el gusanillo de escribir podían dar a luz a sus artículos y poesías. “Las confesiones de un pequeño filósofo”, “Con la muerte al hombro”, de Castillo-Puche, y “Carta de Yecla”, de Pilar Polo, fueron para mí las lecturas yeclanas en las que más me ensimismaba echando de menos mi pueblo en aquellos tiempos de hace más de cuatro décadas, cuando los conductores que más apretaban el acelerador juraban y perjuraban que iban en coche de Madrid a Yecla en menos de cinco horas. Eso si tenían suerte y no les pillaba ninguna retención en alguno de los muchos pueblos que atravesaba la carretera por el medio del casco urbano, con semáforos incluidos. Ahora casi todas las librerías yeclanas tienen un apartado donde colocan los abundantes y variados libros de temática yeclana o escritos por autores locales.

Entre ellos, dicho sea con la vanagloria justa y necesaria, Martínez y Martínez hemos colado los dos libros que ya hemos publicado de “El pequeño filósofo” (y los que nos quedan), recopilando las viñetas que vienen apareciendo en esta misma página desde hace 23 años protagonizadas por el busto de Azorín, el pequeño filósofo y la abuela Pascuala (en recuerdo de mi abuela del mismo nombre), que apareció casi sin darnos cuenta y que ahora es una indispensable más de la familia. Cuando decidimos crear las tiras semanales no dudamos que tendrían que hacer un homenaje por nuestra parte al libro con el que más nos abstraíamos contando los días que faltaban para regresar otra vez a Yecla y reencontrarnos con nuestra pandilla, nuestras abuelas, nuestros primos y tíos. Por eso le robamos el nombre de las viñetas a Azorín y las bautizamos como “El pequeño filósofo”.

Y de la misma forma hace unos días nos reencontramos después de largo tiempo con aquella Yecla de nuestros recuerdos adolescentes y de la infancia y juventud de Azorín al volver a releer “Las confesiones de un pequeño filósofo” en la Maratón de Lectura organizada por la Casa Municipal de Cultura dedicada en esta XXII edición a Azorín con motivo del 150 aniversario de su nacimiento. Si aún no ha tenido usted la oportunidad de leerlo, le aconsejo que se olvide del móvil durante un largo rato y se sumerja en la Yecla del pequeño filósofo y quizás le ayude a entender un poco más esa misma Yecla en la que ahora vivimos. Me refiero al libro de Azorín, no al de la abuela Pascuala.

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