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UNA COPA DE VINO EN LAS COMIDAS

Uno de esos muchos amigos que está siempre muy pendiente de nosotros para que no se nos escape nada, o para cuando hace falta darnos un tirón de orejas, me envía un enlace a la siguiente noticia publicada en ABC el día 1 de mayo. “El presidente de los cardiólogos españoles: No hay nada mejor que una copa de vino con la comida”. Comienzo a leer y me encuentro con esta otra frase: “Nuestra intención siempre ha sido favorecer la dieta mediterránea y disminuir el consumo diario de bebidas alcohólicas.

Nunca se planteó una prohibición. No hay nada mejor que una copa de vino con la comida. Los cardiólogos defendemos este mensaje”. Julián Pérez- Villacastín, que así me he enterado que se llama el presidente de los cardiólogos españoles, no puede ser más claro y contundente. Tinto y en botella. Quizás los gobernantes políticamente incorrectos que nos ha tocado padecer son los que tendrían que preocuparse por si están empinando el codo más de lo aconsejable y por eso les entra más veces de la cuenta ese delirio de querer prohibirlo todo.

Desde que se elaboró el primer vino en el antiguo Egipto 5.000 años antes de Cristo, o sea, antes de ayer, sabemos que cualquier manjar en exceso se nos puede volver en contra de nuestra salud. El alcohol en grandes dosis es perjudicial hasta decir basta y quien no lo haya experimentado en sus propias carnes que levante la mano.

Pero el caso de las voces, o mejor dicho, voceras, que arremeten contra el vino nos toca especialmente las narices (por no hablar de las narices de los sumilleres), porque parece que la permanente conjura de los necios intenta a todas horas echar por tierra todo lo que nos han enseñado desde críos como si nuestros padres estuvieran locos de remate, o fueran unos irresponsables cuando en alguna celebración nos dejaban beber de vez en cuando un poco de vino con agua o gaseosa. Mis dos abuelas siempre tenían a mano un vaso de vino cada vez que se sentaban a la mesa y el hecho de encontrarse con la garrafa o el porrón vacío, porque se nos había olvidado ir a reponer a la bodega, era motivo de caras muy largas.

Desde pequeños también hemos aprendido, siguiendo las costumbres de nuestros mayores, lo estupendamente bien que quedamos cuando regalamos un botella de vino, y ya no digamos si se trata de una caja con varias botellas, dicho sea este ejemplo por si alguien piensa que nuestros padres y abuelos nos metieron en la cabeza que no había mejor obsequio para un amigo que un buen litro de veneno embotellado.

Si el vino viene, viene la vida. Pero también ha tenido que venir el presidente de los cardiólogos españoles a decirnos lo que todos sabemos, a excepción de los que nunca quieren enterarse absolutamente de nada, para poner un muy mucho de sentido común ante esta especie de persecución que últimamente se viene montando contra el vino y que no tiene vuelta de hoja, perdón, de pámpana quería decir: todos los excesos son malos y la prudencia es la madre de la ciencia. O sea, nada nuevo bajo el sol.

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