Tribuna de Debate: Las casas solariegas yeclanas

Juan Muñoz Gil

El plan urbanístico local, todavía en vigor y aprobado en el año 1984, impuso normas exigentes con respecto a las casas, llamémoslas solariegas, propias de la clase dominante del siglo XVIII y XIX, ya que en dicho proyecto se acordó mantener elementos arquitectónicos propios, siendo este inconveniente lo que dificultó posibles restauraciones, aun cuando la economía yeclana floreció como nunca en la segunda mitad del siglo XX. Lo cierto es que ahí permanecen una mayoría de esas mansiones tal cual fueron construidas, muchas de ellas cerradas a cal y canto, y sin visos  que de una u otra forma alguien se aventure a restaurarlas por la obligación de mantener todos los vestigios catalogados por técnicos más o menos exigentes y como tal aprobado por el primer ayuntamiento democrático de nuestra localidad.

Apuntó Francisco de Quevedo en uno de sus cuartetos con la ironía que .le caracteriza, escrito tras recibir de unos lejanos familiares la herencia de una mansión señorial en Cantabria, lo siguiente: “Es mi casa solariega/ más solariega que todas/ pues por no tener tejado/ le da el sol a todas horas”. Versos estos también atribuibles a esos caserones que proliferan por distintas calles céntricas de nuestra población,  y que ateniéndonos al estudio realizado por el profesor Sebastián Molina Puche sobre la nobleza yeclana del siglo XVII, se deduce según cuenta, entre otras lindezas tras un exhaustivo estudio realizado por el emérito profesor, que la presunta hidalguía yeclana se organiza tras la Guerra de Sucesión a partir de 1707, argumentando que durante la contienda fueron quemados todos los documentos acreditativos que ratificaban la potestad de  hidalguía del nutrido grupo de solicitantes que trabaron el intento, y con alegaciones corporativas fueron 26 familias de la oligarquía yeclana quienes se tratan de autoproclamar nobles, apoyándose unos a otros y presentando probanza de nobleza y limpieza de sangre por parte de padre y madre, abuelos y abuelas, lo que se dice por los cuatro costados,  y una vez conseguido dicho titulo sucedería a los herederos de los declarantes, hermanos y descendientes por línea de varón, con privilegio de elegir y nombrar Alcaldes de la Santa Hermandad, Alguacil Mayor etc. lo que convertiría a Yecla en algo así como la corte de la Ínsula de Barataria.

 

Estos conceptos de grandeza, y a la vez disponiendo de posibles para alardear cara al exterior del presunto poderío,  llevó  implícita la construcción de mansiones señoriales, siendo muchas de esas casas las que hoy día ya se pueden considerar en el mismo orden que Quevedo hizo con la herencia de la casa solariega heredada de su familia cántabra, y a las que solo faltan algunos años más para calificar de solariegas, aunque no sólo sus tejados, sino fachadas, balconadas, portadas y frontispicios, que por ley natural, si no han caído ya, poco a poco irán desprendiéndose y el ansiado epíteto de hidalguía que conllevaba la suntuosidad del edificio acabará en lo que  supuso ese empeño de nobleza, y que no fue ni más ni menos para esas personas que dejar de ser pecheros, calificación social que suponía tener que pagar impuestos bien al rey o al señor de turno, y el anhelado titulo de hidalguía les libraba de ello.

La realidad es que hoy Yecla tiene el cargo de soportar esas estructuras, ahora con las crisis, una tras otra, más difíciles de abordar, por lo que sería conveniente ponerse al día en esta cuestión ya anclada en el tiempo. Haussmann derribó el centro de Paris para construir el tan característico que en estos momentos podemos contemplar y da a la ciudad del Sena un encanto especial, como así ocurrió en tantas otras ciudades, aunque en estos momentos se oyen voces de novísimos arquitectos urbanísticos sugiriendo proyectos en los que aconseja eliminar todas esas grandes mansiones ancladas en el centro de múltiples ciudades por resultar inadecuadas para la vida diaria actual, y proyectan nuevas construcciones acordes con la necesidad social del momento, consecuentemente planificadas con requisitos básicos de funcionalidad, seguridad, accesibilidad, salubridad y sostenibilidad, frente a la degradación que sufren tantas viviendas en desuso  ancladas en los cascos antiguos de muchas ciudades. También así ocurre con esas mansiones deshabitadas en nuestro pueblo degradando el interés paisajístico de todo el entorno y sin visos de solucionar.

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